Luciano Campetella licenciado en Letras y lingüística

La ministra de Educación porteña, Soledad Acuña, firmó una resolución en la cual habla sobre las reglas del idioma español y decidió prohibir, dentro de las escuelas públicas y privadas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, las formas que se usan para el lenguaje inclusivo, o sea la ‘e’ la ‘x’ o la arroba. La situación abrió un debate a nivel nacional y, en Bahía Blanca, fue la concejala Valeria Rodríguez (Avanza Libertad) quien presentó un proyecto para eliminar una guía de lenguaje no sexista.

 

Por este motivo, hablamos con el licenciado en Letras y lingüística, Luciano Campetella: «No hay ninguna evidencia que plantee que el uso del lenguaje inclusivo perjudique el proceso de alfabetización».

Asimismo, indicó que, «me parece que se prohíbe por cuestiones más políticas que por procesos de aprendizaje».

Si bien la polémica sobre el lenguaje inclusivo es relativamente  novedosa en la Argentina a nivel social, el debate sobre la existencia de  formas sexistas en el uso del lenguaje lleva ya varias décadas. La actual  difusión del debate en nuestra sociedad no parece responder tanto a un  repentino interés suscitado sobre el lenguaje mismo sino, sobre todo, a las  sucesivas luchas de los movimientos feministas y LGBT+, que han logrado  instalar en la agenda pública temáticas de género que en otras etapas han  estado invisibilizadas o relegadas a espacios muy restringidos y han logrado  plasmar muchas de esas demandas en leyes que reconocen derechos antes  negados. Como todo fenómeno político de peso, estos procesos también  toman a la lengua como un campo de disputa.

Porque el lenguaje se hace con su uso, es de los hablantes y tiene la capacidad política de construir, incluir y visibilizar sujetos de derechos, «no todos los lingüistas coinciden en que el lenguaje inclusivo es un cambio lingüístico, algunos proponen que tiene que ver con algo que va mas allá del lenguaje y acompaña un cambio social, para otros no. Eso se verá con el tiempo».

Existieron distintos episodios en las escuelas en los que se intentó prohibir pero quedaron en el olvido porque fueron un fracaso rotundo, por ejemplo: el voseo, el yeísmo.

 

Según el lingüista, aunque no todas las personas están dispuestas a  decir “amigues” o “todes”, una enorme mayoría acepta su uso por parte de otras personas sin problema y, principalmente, son «los y las jóvenes quienes utilizan el lenguaje inclusivo con mayor fluidez, es el grupo que plantea como novedad, después es el Estado y algunas instituciones las que lo adoptan en algunas comunicaciones oficiales».

Para concluir, hizo énfasis en, «hay que tener en cuenta que las personas que utilizamos el lenguaje inclusivo lo hacemos con una voluntad políticia».

 

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