En el marco de una jornada sobre «urbanismo resiliente», más de 100 estudiantes y 25 docentes de arquitectura de la Universidad Nacional del Sur (UNS) y de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) analizaron el Canal Maldonado y propusieron diferentes formas de reconvertir ese sector.
El director de la carrera de la UNS, Andrés Moroni, habló esta tarde con el programa Total Normalidad para profundizar en lo que fueron los proyectos de los alumnos, que implicaron suelos absorbentes, usos recreativos y la generación de nuevos paisajes.
Moroni explicó que el encuentro, denominado «Workshop Proyectual», consistió en tres días de trabajo intensivo para pensar el tramo que va desde la Carrindanga hasta la desembocadura en el estuario. «Buscamos potenciales, por ejemplo que el Canal Maldonado deje de ser solamente una vía hídrica de escurrimiento de las aguas e involucre espacios públicos de calidad y áreas verdes», detalló el arquitecto.
Para los especialistas, los cursos de agua en las zonas urbanas deben dejar de ser vistos meramente como infraestructura de servicio. Moroni señaló que la tendencia actual busca recuperar el valor visual del agua. «La ciudad contemporánea ya no empieza a ser solamente una fuente de agua potable, sino que empieza a ser un hecho paisajístico fundamental», afirmó sobre el cambio de paradigma.
En este sentido, el director recordó el impacto negativo que tuvo el entubamiento de otros sectores en décadas pasadas, algo que hoy se intenta revertir en distintas partes del mundo. «Ver el agua correr es un atributo hasta especial de la ciudad que lo tiene; hay cierta tendencia, te diría a nivel global, de generar esta renaturalización», sostuvo respecto a la apertura de cauces.
Uno de los pilares de la jornada fue el concepto de «ciudad porosa» o «ciudad esponja», que propone una gestión del agua basada en la retención en lugar de la expulsión inmediata. «Hablamos de un urbanismo resiliente donde los cursos de agua no intentan expulsar lo más rápido posible el agua de la ciudad, sino que a veces la retienen y es un recurso paisajístico», precisó Moroni.
El trabajo integró a estudiantes de diferentes niveles, desde ingresantes hasta alumnos de quinto año, fomentando una mirada diversa sobre el territorio. «Uno de los grandes secretos es que venimos a dar clases para seguir aprendiendo la arquitectura, muchas veces la frescura del alumno de primer año es más que interesante», remarcó sobre la dinámica pedagógica del taller vertical.
Finalmente, Moroni destacó que estas propuestas buscan generar una «masa crítica» de conocimiento colectivo para pensar la Bahía Blanca del futuro. «Es un trabajo voluntario de docentes y estudiantes que, aparte de sus labores diarias, se tomaron el tiempo para disfrutar y ensayar nuevas formas de relacionarnos con la naturaleza», concluyó el profesional.


